El Perdón

por Miguel Collado

    Hay en el perdón una fuerza espiritual liberadora que genera en lo más hondo de nuestro ser una inexplicable sensación de paz interior, de agradable sensación de libertad que hace renacer en nosotros las ganas de amar y de reiniciar la vida.

    Con el sentimiento de venganza ocurre todo lo contrario: nos sentimos esclavos de una angustia extraña que nos devora y aprisiona nuestro ánimo, sumiéndonos en una agonía atroz que nos ciega y nos impide ver cuán equivocados estamos.

    Y es que ser vengativo es ser suicida, pues morimos en cada ráfaga de odio que emana de esa fuerza negativa que vulcaniza nuestro interior. 

    Es, el sentimiento de venganza, como una termita que, sin darte cuenta, te corroe dentro, muy profundamente sin que podamos advertirlo.

    De aquí que cada acto de venganza sea una batalla perdida en el plano espiritual.

    La venganza clama por sangre, el perdón no; la venganza es camino hacia la sombra, hacia la confusión; el perdón es camino hacia la luz y el entendimiento. 

    Aquel que vive alimentando el sentimiento de venganza muere lentamente y en torno a él lo trágico exhibe su feo rostro. El que perdona está mucho más cerca de la felicidad que el vengativo y casi siempre le rodea la paz y el amor. Es, la venganza, un peligroso laberinto donde todo es oscuro; el perdón, en cambio, nos conduce por un sendero iluminado en el que podemos alcanzar a ver el horizonte azul de la vida. 

    El vengativo, dispuesto al desquite, a causar daño a quien le ha ofendido, tiene atormentada el alma y sufre. Olvida –o desconoce- él lo que sabiamente dijo François de La Rochefoucauld: “Vengarse de una ofensa es ponerse al nivel de los enemigos; perdonársela es hacerse superior a ellos”. Y en esta misma línea de pensamiento del célebre escritor francés, encontramos en la Biblia el siguiente consejo: “No devuelvan mal por mal” (Romanos, 12:17). 

    Pocas cosas pueden causar más placer que el perdonar; pocas acciones del hombre pueden producir mayores energías positivas que la acción de perdonar. Decir “te perdono” –dos palabras, nueve letras– puede transformar dos vidas o más…hasta pueblos enteros. Escoger un día –una mañana o una noche quizá– y reflexionar a partir de eso que sentimos contra alguien –una amiga, un vecino, un hermano, un compañero de trabajo– puede constituir un buen comienzo para ejercitarnos en el perdón como fuerza espiritual liberadora. 

    Amanecer con un perdón en los labios para armonizar es una hermosa y positiva manera de iniciar un nuevo día, que podría ser –según la dimensión de lo perdonado– el inicio de una nueva vida. Yo lo he hecho y el resultado ha sido maravilloso: ver el rostro sonriente de uno de mis hijos. 

(Miguel Collado es un articulista de la República Dominicana que escribe una columna titulada "Una reflexión" )

 

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